Opinión

Sunderland ‘Til I Die: amores que matan

Alerta: spoilers. Hablamos de fichajes y salidas de jugadores y entrenadores, y hablamos del devenir deportivo del club.

El próximo 26 de mayo se cumplirá un año del último partido de la temporada 2018/2019. El Sunderland AFC se jugaba el regreso a Championship en Wembley ante el Charlton; como dato, en esa campaña los del noreste de Inglaterra disputaron más de sesenta encuentros. Esta es la segunda serie que analizamos, tras The English Game.

Sunderland ‘Til I Die es una producción de dos temporadas de Netflix donde ves cómo funciona un club al 100%. Se puede ver cómo confeccionar una plantilla, con los pros y contras que conlleva. Aparecen los nervios de los últimos minutos frenéticos de los mercados de fichajes, pasando por los sentimientos de una afición que es la auténtica protagonista de la serie.

Se ve un equipo saneado, ilusionado y con aspiraciones a consolidarse en la Premier League. El Sunderland desarrolla una campaña en la que hay cambios por todas partes. Primero llegó el descenso a Championship, la espantada de jugadores, y una temporada para olvidar con cambio de entrenador incluido. Todo esto acaba de la peor manera posible: bajando a tercera categoría.

El conjunto británico disputa sus partidos en el Stadium of Light, uno de los más grandes del país

Durante la producción se ve un cambio de propietarios, jugadores que van y vienen, promesas que se consolidan en el equipo e incluso cómo viven el día a día los empleados del club, esa «cara B» sin la cual una entidad no podría funcionar: utilleros, cocineros, departamento de comunicación, empleados de taquillas, etc.

Es fácil empatizar con el director deportivo e imaginarse en su piel. Afrontando contratos de jugadores que solo miran por el dinero y que no pretenden forzar su salida. Te ves en tu despacho de la ciudad deportiva con el móvil echando fuego para tratar de cerrar ese jugador que te solucione el marrón.

Jack Rodwell, que tan bien te caía en el Everton, empiezas a cogerle tirria. Te alegras por el jovencito Josh Maja, que luego le pega la patada al club en Enero gracias a su agente trapichero que lo lleva al Girondins de Burdeos. Preguntas cómo el responsable de fichar porteros en el Sunderland tiene tan mal ojo, porque la temporada que se marcan los tres… telita. Incluso te compadeces del pobre Simon Grayson, que dura dos meses en el banquillo, y te motivas con Chris Coleman.

Como aspecto positivo se salva Aiden McGeady, que se baja al barro a pesar del nivel que ha mostrado durante su carrera deportiva, y te resuena la cancioncita de la Eurocopa 2016 cuando el club ficha, por el doble de su valor dicho sea de paso, al irlandés Will Grigg que no está muy on fire, que digamos.

Pero si eres amante del fútbol en toda su esencia, te identificas con la afición. Más de uno se preguntará cómo es posible amar a un equipo que te da más penas que alegrías, por el que sacrificas gran parte de tus ahorros para llevar a tus hijos al estadio cada domingo.

El fútbol de corazón es así. Da igual que llueva, truene o un manto blanco cubra el césped. Ese paseo de veinte minutos hasta acabar a las puertas del estadio te evade de la rutina, te conecta de un modo diferente contigo mismo y con los tuyos. Te hace cerrar los ojos y respirar profundo, escuchar los cánticos de tus hermanos de grada. Y creer. Creer que esta vez sí, que hoy saldremos con una sonrisa del estadio y morderte las uñas durante siete días hasta volver a ponerte la camiseta de tu equipo y, durante noventa minutos, parar el mundo.

Y aunque lleguen las derrotas, los descensos, las decepciones y las lágrimas, hay amores que matan pero compensan. Que enfilas las escaleras hasta tu asiento sabiendo que hoy, de normal, estarás llorando o cabreado una hora y media después. Pero ese «¿y si hoy es el día?» te da la vida. Y ese día, y otro, y otro… te hacen ilusionarte. Y así, ‘til i die. Hasta la muerte.

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